En un pasado remoto la naturaleza se nos aparecía como algo incomprensible, gobernado por el antojo de los dioses. Durante siglos los científicos fueron rastreando regularidades en ella, hasta que creyeron haber descubierto unas leyes que prescribían el movimiento de cada partícula del universo con exactitud y para siempre: el mundo era como un mecanismo de relojería. En el siglo XX esta visión comenzó a cuartearse, y la incertidumbre y el azar se introdujeron en ella. El reloj se estaba desarmando, y la ley y el orden eran reemplazados, como diría Einstein, por «un Dios que juega a los dados»
En un pasado remoto la naturaleza se nos aparecía como algo incomprensible, gobernado por el antojo de los dioses. Durante siglos los científicos fueron rastreando regularidades en ella, hasta que creyeron haber descubierto unas leyes que prescribían el movimiento de cada partícula del universo con exactitud y para siempre: el mundo era como un mecanismo de relojería. En el siglo XX esta visión comenzó a cuartearse, y la incertidumbre y el azar se introdujeron en ella. El reloj se estaba desarmando, y la ley y el orden eran reemplazados, como diría Einstein, por «un Dios que juega a los dados»